Por Magenta
¿Cuántas preguntas surgen en un segundo? Seguramente miles. Pero ¿cuántas no han brotado? Aún más. La vida diaria, los medios de comunicación masiva, la publicidad y la falta de interés del ciudadano son los factores más cercanos a él. Así que aprovechan para llevarlo de la mano en un país y un mundo donde hablar sin saber, sin creer y sin entender es la práctica más común del individuo.
Hablar por hablar, pensar sin pensar y actuar como un producto es lo que hoy en día se ve en el individuo. Resulta fácil comentar sobre las personas y los acontecimientos sin realmente saber de ellos.
Recomenzar, regresar a ese punto que no fue entendido del todo, que tal vez ni siquiera se miro y que es tan vago que nadie podría hacer una descripción de ello. Se sabe que es una casa (por mencionar un ejemplo muy simple) se ve, se aprecia, pero cómo se describe, no sólo por el objeto material que podría ser, sino por el valor esencial que carga: un hogar, un lugar de reunión, donde se encuentra el amor, la seguridad, descanso, etcétera.
Se cree que hablar de un concepto es muy sencillo porque realmente no se dice nada de ese concepto, es decir, la descripción generalmente es nula, no se tiene una estructura muy bien definida, no hay análisis y por lo tanto no existe una concepción de aquello que se quiere conversar, así que omitimos lo que realmente es la reflexión, una reflexión de una concepción o sub-concepción de las cosas, y lo peor es la gran energía y el orgullo que se toma para expresarse.
Si se toma el contenido de un asunto, acción u objeto, es necesario e importante, y sería agradable decir que es también elegante, conocer sobre el tema, proporcionarle ese sabor que los otros no pueden darle pero sería todavía mejor que los otros supieran tanto de ese y que una buena conversación se pudiera dar (por supuesto, ya reflexionado y más que pensado, ya trabajado por nuestro cerebro y mecanismo de meditación sobre aquello que incumbe). Con todo lo anterior se le da el valor que es, no menor, no mayor, pero con las suficientes armas para defenderlo o para destrozarlo. Ser consiente en la valía y peso que esa palabra, esa cuestión o eso que tanto da de qué hablar.
El contenido es lo más importante, quizá sea lo único que vale, por esto mismo es primordial que se planteen nuevas formas de ver las cosas que pasan alrededor. Es difícil con tanta invasión mediática y con la información ya digerida (por otros) que tomamos y que se acepta tal cual.
Elevar el tono de nuestras perplejidades. Causa demasiado conflicto preguntarse, dudar pero hablar de ello con toda seguridad, titubear pero debatir hasta el final.
El hombre posmoderno tiene esa gran costumbre muy arraigada en las entrañas de su pensamiento o de su recolector de datos, que únicamente se dedica a eso, recoger información y dejarla ahí, esperando ser utilizada por las neuronas, que de cualquier manera sólo están ahí para ver, reitero, para ver el futbol, las novelas y creer todo lo que la televisión, la radio, los medios impresos y la internet dicen.
Habituados a estar frente a un televisor desde pequeños, más de 4 horas promedio y dejando a un lado los libros que hace tantas épocas eran lo creadores del pensamiento y por lo tanto de la palabra, dejando que lo emocionante sea un video juego que cuenta con una realidad virtual que rebaja a la verdadera, dejando "atónitas" a las amas de casa, como "Marichui" se casó con el galán de la novela, que por cierto, es a parte de guapo, ¡es millonario! Hoy (y ayer también) se ve vivir una vida donde se nos ha resuelto todo, donde los medios y el núcleo familiar se han encargado de solucionarnos molestias y de no dejarnos razonar por nosotros mismos, no se puede esperar ver y escuchar a los individuos analíticos y conocedores, consecuentemente tampoco ser claros en lo que hablan y piensan. Así que hablar por hablar está de moda.
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